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martes, 1 de mayo de 2012

Sobre las Coronaciones “Canónicas”


¿Qué cofrade no soñado alguna vez con la coronación canónica de su titular mariana? Sin embargo, a la hora de poner los pies en la tierra, las cosas toman otro cariz. En los últimos tiempos, casi siempre de forma extraoficial, se ha hablado del proyecto, la intención o al menos el desiderátum de coronar canónicamente a una u otra titular mariana de alguna hermandad de penitencia de nuestra capital. 

En primer lugar, ¿sabemos cual es el origen de las coronaciones? La costumbre de representar a la Virgen María con atributos de Reina procede del arte bizantino, y la de coronar sus imágenes de cuando el Papa, en la Edad Media, coronaba a los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico. De ahí se paso a considerar que la Santísima Virgen, como Madre de Dios, también podía ser considerada Reina o Emperatriz y, por tanto, ser coronada; pero fue una costumbre que creció muy lentamente: de hecho, podían pasar siglos entre una coronación y la siguiente, y curiosamente quien las concedía no era exactamente el Papa, sino el cabildo de San Pedro; dicho órgano era el responsable de encargar la corona en la Ciudad Eterna y de enviar a uno de sus canónigos a la ciudad donde se iba a realizar la coronación, en calidad de legado pontificio. Para concederla, se atenía especialmente a tres circunstancias: antigüedad en la veneración a la imagen, popularidad en su culto y cantidad de milagros atribuidos a su intercesión. 

Las coronaciones empezaron a generalizarse a finales del siglo XIX, y tras el Concilio Vaticano II vino el “boom” que hoy conocemos, con el resultado de la facultad de decretar una coronación, inicialmente reservada, como hemos visto, el Cabildo de San Pedro, se extendió a los obispos porque había en Roma una auténtica avalancha de cientos de solicitudes procedentes de todo el mundo, de modo que el Cabildo del Vaticano llego a “saturarse” con enormes “listas de espera”. De este modo, en la reglamentación promulgada en 1981 se reservó la denominación “coronación pontificia” a las que se concedieran desde Roma, y se dio validez “canónica” (que en términos eclesiásticos, solo significa “oficial, legal”) a las decisiones de los obispos, que podrían concederlas o no siempre que se cumplieran ciertos requisitos formales. 

Por lo mismo, en Córdoba Capital solo están coronadas por decreto pontificio las imágenes de Nuestra Señora de los Dolores (1965), Nuestra Señora de la Fuensanta (1994) y María Auxiliadora (2009). Todas las demás que pueden legítimamente añadir el epíteto “Coronada” tras su nombre oficial, han coronadas por decreto episcopal del titular de la diócesis cordobesa. En realidad, hay hasta tres tipos de coronaciones: 

-La Coronación Canónica Pontificia la otorga la Santa Sede; es la única y auténtica “coronación canónica” propiamente dicha. En Córdoba, como decimos, solo han recibido las tres imágenes que acabamos de citar, y en la provincia Nuestra Señora de Araceli, de Lucena, que fue la primera en recibirla (1948). 

-La Coronación Canónica Diocesana puede concederla el obispo de una diócesis a imágenes situadas en su jurisdicción. Es la que han recibido, por ejemplo, Nuestra Señora de las Angustias, Nuestra Señora del Rosario en sus Misterios Dolorosos y Nuestra Señora del Socorro de Córdoba capital, las patronas de muchos pueblos de la provincia (Torrecampo, Castro del Río, Íznajar, Palma del Río, Villa del Río, y un largo etcétera) y otras imágenes que ni siquiera son patronas (como la Virgen de los Remedios de Aguilar de la Frontera, 1996). 

-La Coronación Litúrgica no necesita requisitos especiales, pues se trata simplemente de la imposición de una corona sobre una imagen en el marco de una ceremonia religiosa; puede realizarla cualquier sacerdote. Todas las imágene titulares de cofradías de penitencia a las que se haya impuesto una corona en una función religiosa han sido “coronadas” de esta manera, incluso mas de una vez: por ejemplo, Nuestra Señora de las Angustias (1953), Nuestra Señora de las Lágrimas en su Desamparo (1950 y 1954), Nuestra Señora de la Paz y Esperanza (1977), María Santísima Nazarena (1977), María Santísima de la Concepción (1987) y Nuestra Madre y Señora Santa María de la Merced (2001). Lo curioso de esta modalidad es que a posteriori puede llegar a ser elevada al rango de Canónica Diocesana: es el caso que ya se ha dado en alguna diócesis vecina de la nuestra y el que podría haber hecho, de haberlo deseado, la hermandad de Nuestra Señora de las Angustias. 


Los requisitos para la primera, mencionadas más arriba, se concretan de la siguiente forma: 

-La imagen ha de tener una antigüedad no menor de 50 años, valor artístico contrastado e historia se encuentre debidamente documentada. 

-Ha de gozar de pobada devoción popular, ininterrumpida desde sus inicios hasta su estado actual. Los consabidos “pliegos de firmas” son una forma de manifestar esta condición, aunque es notorio que no todos los que son devotos habituales de la imagen cuya coronación apoyan. 

-Hay que comprobar la veracidad de los favores concedidos por la intercesión de dicha imagen así como la irradiación y expansión de su culto: no basta, pues, con ser venerada por su hermandad, su barrio o su ciudad. Es sin duda el requisito mas descuidado –no se menciona nunca cuando se manifiesta el desiderátum de que hablamos mas arriba- y sería evidentemente, sobre todo en su primera parte, el mas complejo de verificar. 

Estas condiciones, mutatis mutandis, son las que se aplican cuando lo que se promueve es una “coronación canónica diocesana”. Obviamente, lo superior incluye a lo inferior, pero no al revés: por ejemplo, un obispo puede presidiar la coronación litúrgica de una imagen, pero la presencia del prelado, por si misma, no implica necesariamente que la coronación devenga de “canónica diocesana” ni, mucho menos, “pontificia” si no se han cumplido los requisitos exigidos en cada una de la dos modalidades; en cambio, un Papa puede oficiar o presidir una coronación que no sea pontificia. 

Antonio Varo – Revista "Córdoba Cofrade" – Marzo 2011.



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